Es difícil habitar un lugar intermedio entre lo independiente y lo mainstream. En este mundo de infinito postureo que vivimos, la respetabilidad parece ganarse desde los márgenes. Cuando un músico consigue la aceptación masiva, los clichés abundan “ha dejado sus raíces”, “se ha vendido”, “prefiero sus primeros álbumes”, o, simplemente un lacónico y escasamente descriptivo “antes molaba más”. Ciertos músicos, y aquí podríamos apuntar también a Iván Ferreiro, consiguen fluir entre el respeto de los que saben y las alabanzas y, a menudo, coros de los fans musicales ocasionales. El madrileño Quique González es quizá el epítome de tal tendencia.

Quique González nació en Madrid y pasó por el purgatorio: fue animador turístico en Mallorca. De la mano casi siempre del productor Carlos Raya, ya hace casi dos décadas fichó por Polygram. A partir de aquí, y no sin fracasos y “abandonos” por parte de sus sucesivas discográficas, González se ha labrado una reputación que lo sitúa a medio camino entre el intimismo acústico y la balada rock de estribillos fácilmente reconocibles. Temas como “Salitre” son parte de la memoria colectiva de la cultura española contemporánea.

Como todo rockero folk con una mínima sensibilidad, González viajó a Nashville, ciudad donde el folk-rock y la americana encuentran su paraíso conceptual y visceral, literal y metafóricamente. De este viaje surgió el disco “Daiquiri Blues” y temas extraordinarios como “Cuando Estés en Vena” o “La Luna Debajo del Brazo”.

Ir a sus conciertos implica un doble gesto: aceptar su excepcionalidad lírica y aguantar a sus desaforados fans. Aconsejamos, por tanto, alejarse de las cercanías del escenario, uno sino corre el riesgo de que la voz de González quede ahogada por los aullidos desafinados de sus voraces seguidores.

El Sonorama 2016 incluye, sin duda, propuestas de cariz más experimental, como el extraordinario El Niño de Elche, posterboys del indie como Manel, León Benavente o Nudozurdo y actuaciones retro como El Dúo Dinámico y la Frontera, pero también se articula a través de una definida línea entre lo comercial y lo independiente donde podemos situar al propio Quique González y los Detectives, Love of Lesbian e Izal. Es quizá dentro de esta variedad donde uno puede detectar las inesperadas conexiones entre aquello que los críticos musicales ensalzan hasta zarandearlo frente a nosotros de manera cansina y aquello que le gusta a nuestro vecino del cuarto, ese chico tan majo pero “poco interesante”, al que quizá juzgamos desde nuestros propios prejuicios.

Nosotros veremos a Quique. Y veremos a aquellos que disfrutan con Quique. Y quizá disfrutemos o quizá no pero experimentaremos la sutil inmediatez de la música en vivo una vez más. Porque ya sabemos que es irrepetible.

Texto: Dr. V

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