Cada año los festivales de música intentan reinventarse de una manera u otra, quizá, cierto es, llevan demasiado al extremo la idea de “thinking outside the box”. El Primavera Sound lo hizo el año pasado con Los Chichos y el propio Sonorama Ribera lo hizo hace dos ediciones con el enorme Raphael. En ambos casos, el público reaccionó con fervor.

El anuncio de nuevas confirmaciones del Sonorama nos traido la agradable sorpresa de reencontrarnos con bandas que adoramos como Novedades Carminha o nuestros /as amigos/as Sokolov, a parte de grupos ya consagradas aunque quizá no en su momento más álgido como Fangoria y La Casa Azul. El escurridizo y cuasi-ermitaño Ángel Estanich cumplirá; de Pedro tiene su público. Ciertamente, nos gusta más la presencia de bandas al alza como Rufus T. Firefly, Morgan o Viva Suecia.

Pero, ¿y Camela? Twitter explotó en contra del postureo conceptual que supone la presencia de esta banda en el festival. Era previsible. Twitter explota por cualquier cosa. Cierto es que la tecno-rumba de Camela tiene detractores por doquier, desde los amantes de la pachanga comercial con “clase”—aquellos que adoran a Enrique Iglesias, Bustamante y gente de tal especie—a los melómanos que los consideran el más bajo denominador común de lo que etiquetarían como basura. No seré yo quien reivindique temas como “No pongas riendas al corazón” o “Sueño contigo” (pese a que tiene 3,7 millones de reproducciones en YouTube). Sí que vale la pena reflexionar al menos sobre lo que supone la presencia de un grupo de tal calibre en el oasis indie que supuestamente es el Sonorama. Es también necesario recordar que después de “La Oreja de Van Gogh” nadie, nadie, pero nadie ha vendido tantos discos como Camela en territorio patrio.

Algunos pueden interpretar la presencia de Camela en el Sonorama como un guiño comercial, otros como una travesura bienintencionada, otros como una apuesta estética que reivindica la eliminación de jerarquías estéticas en un mundo donde el postureo y el “yo sé más” o “¿has escuchado a este nuevo grupo de Tallinn? Es increíble y yo lo sé antes que nadie”. Sí también puede ser una gamberrada fruto de un arrebato del programador de turno.

Si miran la fotografía que acompaña este artículo, verán que Camela parece abrazar la nueva estética de Trap que ejemplifica gente como Pimp Flaco. Eso sí, desde la simpleza que ellos mismos siempre han aseverado como centro neurálgico de su creatividad, “Nosotros la metáfora la utilizamos poco, pero es que es lo que nos ha funcionado desde el principio: cosas directas, claritas. Ha sido nuestro sello y no lo podemos cambiar”. 

Y os digo una cosa, tribu de indieófilos irreverentes, el Trap está pasando como torbellino frente a vuestros morros y no os estáis enterado. Los nuevos poetas/profetas/estetas de la contemporaneidad son Kinder Malo y Pimp Flaco, no Los Planetas o Love of Lesbian. Las nuevas generaciones miran hacia otro sitio.

Quizá deberíamos, si fuere posible, quitarnos todas nuestras caretas—las capas y capas y capas que poseemos—y acercarnos a un escenario, una tarde noche, rodeados de otras personas y escuchar a un grupo de música. Y escuchar, solamente escuchar, se llamen Camela o se llamen de otro modo.

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