EL CINE ESPAÑOL QUE NOS LLEGÓ DESDE SAN SEBASTIÁN: DE MAGICAL GIRL A LA ISLA MÍNIMA

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La edición 2014 del Festival Internacional de Cine de San Sebastián contó con una nutrida participación de películas españolas. Hubo fiascos, obras críticamente aclamadas y, como casi siempre, films que terminan en el limbo de la mediocridad aceptable. Dos, sin embargo, llaman poderosamente la atención, Magical girl (Carlos Vermut) y La isla mínima (Alberto Rodríguez). Representan, además, dos paradigmas de hacer cine tan diversos como necesariamente compatibles: la película low-cost de auteur y la impecable producción de género destinada a un público más masivo. Magical girl llegó de San Sebastián con la Concha de oro a mejor película, y la de plata a mejor director. Los críticos la han alabado casi unánimemente, llegándole incluso a otorgarle el escurridizo don de la perfección. Lo cierto es que tras su inquietante debut con Diamond Flash (2011) Vermut ha logrado entrelazar brillantemente a tres personajes al borde del precipicio, bebiendo del caldo de cultivo de un país en mitad de una crisis ética y económica que está deviniendo sangrante. Sin duda, su mejor virtud es la capacidad de crear diálogos espontáneos, alejados de las patéticas convenciones redundantes que martillean al espectador desde las pantallas cinematográficas y televisivas constantemente. Como en su ópera prima, el Madrid que nos presenta es de interiores, de casas de muebles marrones ochenteros, enciclopedias de tomos gruesos de catálogo y salas de estar con olor a alcanfor. Hace de la casualidad un recurso narrativo quirúrgico e imponente, una forma de entrelazar tres historias que se tornan paralelas y explotan en la brutalidad más absoluta. Es un film deliciosamente amargo, despiadado e incandescente. Es también un tributo al feísmo cinematográfico que rechaza edulcorar la puesta en escena con imágenes totalmente nítidas, huyendo de la pretenciosidad estética para sumergirnos entre las sombras de unos personajes que gritan en silencio, abocados a un vacío inmisericorde.

magicalgirl2Es también una película algo tramposa en lo que todo hace click, en la que el círculo se cierra perfectamente, en la que el insoportable personaje del “niño sabiondo” se nos hace hasta simpático, en la que su narrador alterna entre planos secuencia que prometen la más absoluta fidelidad a una noción estilística derivada del realismo cinematográfico para acto seguido ofrecernos intercambios entre personajes con el habitual plano/contraplano (escorzos incluidos), tornándose así en un remix de estéticas aparentemente apuestas que no termina de asentarse en ningún sitio. Su director las utiliza como si sacase recursos de una caja de herramientas: cada cosa para lo que me convenga. Es así una película infiel a sí misma, el producto de un joven cineasta que todavía explora formas de contar diversas sin llegar a decidirse por ninguna. Pero, por encima de todas las cosas, Magical girl un cine con una marca indeleble, única e imperfecta. Justamente esa imperfección es su mayor virtud y su mayor defecto puesto que estamos ante el trabajo de un director que está aprendiendo las bisagras del lenguaje cinematográfico mientras elabora su obra. Lo opuesto de un enfermizo perfeccionista de escuadra y cartabón de la sintaxis fílmica (Alejandro Amenábar, por ejemplo). Es el cine de un tipo que retoca lo que descubre mientras cuenta sus historias, y estas no son solamente singulares sino también fabulosamente adictivas.

 La isla mínima1La isla mínima es un animal bien diferente. Es un impecable ejercicio genérico que nos lleva a los angostos vericuetos de la Transición para recordarnos que el tan alabado “pacto del silencio” dejó muchos cadáveres atrás. Este thriller situado en las marismas del Guadalquivir es, sin duda, un alegato político contra la versión dominante que se nos ha vendido sobre la Transición y que pensadores tan brillantes como Gregorio Morán han cuestionado en numerosas ocasiones. Las imágenes diseñadas por Alex Catalán merece capítulo a parte. Inspiradas en la excelsa fotografía de Atín Aya, nos llevan al epicentro del problema, a explorar el sistema nervioso de las marismas mientras nos conduce por sus laberínticos paisajes, revelándonos poco a poco el bagaje psicológico de aquellos que la habitan. Partiendo de unos planes cenitales que recuerdan el tono tétrico paisajístico de True detective (la serie y la película se rodaron prácticamente en paralelo), poco a poco nos adentramos en un universo a través de los ojos de dos detectives antagónicos—el fascista simpaticón que emplea los viejos métodos para obtener información y el joven idealista desencantado que carece de las herramientas para descifrar el mundo arcaico al que se enfrenta—pelando capa a capa los mecanismos organizativos de una estructura social jerárquica donde mandan los que siempre han mandado. En contraposición a un film como El niño—un puro ejercicio banal de efectismo genérico que promete hablar de todo sin realmente desentrañar nada—La isla mínima rezuma honestidad: destapa las vergüenzas de una sociedad enferma, rehuyendo la pretensión de intentar cambiarla. Precisamente porque no se puede. Su pesimismo es tal vez su mejor arma. Las películas pesimistas no nos hacen sentir mejor porque disfrutemos de la desgracia ajena sino porque se parecen más al mundo en que vivimos y, por tanto, llegamos a entenderlas mejor.

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