Monterey Pop

D.A. Pennebaker está reconocido hoy en día como uno de los grandes documentalistas de la historia. Su trabajo representa el epítome del llamado “Direct Cinema”: el rechazo de la estructuras pre-establecidas, el acercamiento al sujeto sin ninguna intervención aparente, prescindir de las voces en off y las cabezas parlantes. El documentalista, ética y estéticamente, debía aproximarse a aquello que contaba como un observador activo, capaz de capturar con su cámara (y aparatos de sonido) la inmediatez de una ocurrencia irrepetible, estar allí para plasmarla e inmortalizarla. Es obvio, sin embargo, que al situar la cámara a una distancia determinada de aquello que se filmaba, al elegir un ángulo específico, al determinar un enfoque y una apertura, y también, evidentemente, al montarlo, se crea un discurso y se interviene de un modo u otro, encontrando hilos narrativos, aristas conceptuales y posiciones ideológicas.

Pennebaker es el gran cronista de una de las etapas más innovadoras de la música popular. En Dont look back (1967) capturó el cambió dramático del Dylan acústico al Dylan eléctrico siguiéndolo en su tour por Gran Bretaña en 1965. Hay escenas que han pasado a la historia del documental—el enfrentamiento musical entre Donovan y el propio Dylan, la capacidad del músico de Minnesota de aislarse de cualquier estímulo externo y componer sus canciones a golpe mecanográfico, las reacciones extremas de un público que se sentía traicionado por el cambio estilístico de Dylan. El film es una crónica decisiva de aquellos años 60 en los que el mundo podía haber cambiado, cuando muchos jóvenes consideraban a Dylan su gran profeta. Es una cápsula temporal que destila para el espectador contemporáneo un regusto melancólico, la añoranza por el compromiso ideológico en el día a día de la gente.

Monterey Pop (1968) es quizá la cumbre del “direct cinema” sobre música. Pennebaker capturó el etos hippie, paseándose entre los asistentes al festival y registrando sus gestos más íntimos. Además, varios de los más grandes pasearon por el escenario, convirtiéndolo en irrepetible. Desde el “Hey Joe” de Hendrix, pasando por “Ball & Chain” de Janis Joplin, la inolvidable “performance” (con todas las letras) de The Who y, por encima de todas las cosas, los quince minutos mágicos que nos regaló Ravi Shankar.

Aquí, sin embargo, no acaba todo. En el año 73, realizó Ziggy Stardust and the Spiders from Mars con un David Bowie en el pico de su grandeza musical y lírica, la delirante Keep on rockin’ (1969) con Little Richard, Chuck Berry and Bo Diddley o Sweet Toronto (1971), un documental sobre un concierto en la ciudad canadiense que contaba con John Lennon & Plastic Ono Band como grupo más destacado.

La filmografía de Pennebaker como realizador y director de fotografía es inmensa. Es un genio que supo que la música era la mejor herramienta para conocer los imaginarios colectivos de un mundo en proceso de cambio radical que un día se paró, arrancando de cuajo las promesas que conmovieron e hicieron movilizarse a muchos, dejándonos la sociedad que hoy tenemos

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